- ¡Está bien! ¿Cómo te llaman?
- Blanca. ¿Vas a decir algo de mi nombre...?
- Es un símbolo de pureza.
- No sé si me gusta eso de la pureza...
- Hay dos formas de contemplar la palabra. Desde la razón, donde rige la dualidad, o desde el corazón, en el que guía la integración. Desde la perspectiva de la primera todo tiene su opuesto (a eso se llama dualidad); se dividen las cosas en buenas y malas, bellas y feas, útiles e inútiles, agradables y desagradables, blancas y negras, etc. [...] La visión del corazón es la encargada de integrar, a diferencia de la de la razón, que se dedica a analizar, a dividir, trantando de entender, a través de las partes, cómo funciona la realidad que habitamos. [...] El corazón físico bombea sangre a todas las partes del cuerpo sin juzgar el papel que juega cada una. El corazón al que me refiero hace lo mismo. Sólo puede haber verdadera integración desde el respeto a las partes. [...] Para contemplar la pureza, el corazón no necesita de la existencia de lo contrario (la impureza), como le ocurre a la razón, porque él está mirando desde más allá de la dualidad. Para el corazón el blanco no es lo contrario del negro, sino la suma de todos los colores -José Luis se queda en silencio, permitiendo que la imaginación de sus alumnos atrape sus últimas palabras-. [...] Así, desde la mirada del corazón, tu nombre representaría la pureza del arco-iris. Desde la razón, sería lo contrario del negro. ¿Con cuál de las dos perspectivas te quedas?
Carlos González Pérez:
"Veintitrés maestros, de corazón"