Dejarse llevar, suena demasiado bien.
Jugar al azar,
nunca saber dónde puedes terminar... o empezar.
Esos días en los que no sabes qué hora es o cuánto tiempo llevas tumbado en la cama, con el pijama (que naturalmente no te has quitado aún) oliendo igual que las sábanas, y esa sensación en los ojos, como si creyeran que lo normal es estar cerrados y tuvieran que hacer un enorme esfuerzo por mantenerse abiertos.
Coger un libro y prácticamente engullirlo. Parar después de un cierto número de capítulos al pensar cosas como "tengo que ir a comer" o "debería parar un rato", pero inmediatamente pensar: "Bueno... Un capítulo más y me levanto". Hasta que te duelen los ojos, y entonces no te queda otra que despejarte un rato o echarte a dormir.
Y ver las horas pasar.