Se miró al espejo, y allí estaba ella, con una mirada confusa e interrogante. Se veía distinta. Más mayor, menos niña. Pero aún quedaba una considerable parte de esa cara inocente que no sabe cómo afrontar las cosas, que se esconde detrás de cualquier excusa barata o de una persona que se lo solucione todo. Como un cachorrito fofo. Débil, indefensa y, cada vez más, sola ante el mundo.
Decidió que había llegado la hora de cambiar, de hacer frente a lo que se le pusiera por delante y dejar de esquivar los obstáculos. Sí, estaba débil e indefensa. Pero no era tonta. Sabía cómo iban las cosas, y no pensaba quedarse de brazos cruzados. Esta vez no.